Una de las reglas de oro del
espectador cinematográfico confirma que cuando uno acude a las salas de cine a
ver una película y decide pagar por ella, debe tener pleno conocimiento acerca
de lo que va a ver y por lo que está pagando. Las reglas muchas veces están
para cumplirlas pero otras tantas, para romperlas. “Thor: The Dark World” no es
un filme con pretensiones de romper ninguna regla sino más bien de enrocarse en
ellas a base de entretenimiento frenético y escandaloso desde el minuto uno,
sin rendirse al guion ni a la psicología de los personajes. El resultado, un
producto que cumple con las expectativas de la factoría Marvel y su universo de
megadestrucción de escenarios por doquier pero que deja con la sensación de poder
haber ofrecido algo más de sí y no una mera reiteración de la entrega anterior
sobre el Dios nórdico. Una pena que eligiera el camino del conformismo y no del
riesgo.
