Limitar entornos a la imaginación
siempre resulta arriesgado. El cine claustrofóbico que se empecina en recrear
el arte del guion por encima de los artilugios efectistas visuales y sonoros, concluye
en una apuesta azarosa al igual que minoritaria. Entre los ejemplos de cine
recluido a hábitats delimitados, se encuentran varios ejemplos entre los que
destaca, sin lugar a dudas, el de las vicisitudes que afectan a los pasajeros
dentro un avión. El aire como testigo de innumerables historias. Jaume Collet-Serra,
se traslada al interior de este armazón metálico para relatar una historia que,
aunque bien construida, permanece cogida con pinzas durante la mayor parte del
metraje, hasta aproximadamente la mitad, momento en que se desploma en picado
sin equipo de frenos a mano. La eficacia descansa sobre los hombros de un Liam
Neeson que se ha acostumbrado a hacer las veces de tipo duro y ha sacado el
título en gestualidades de lo más desconcertantes y rocambolescas. Todo ayuda a
creer un producto que no está a la altura de las expectativas. Nunca mejor
dicho.
