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6/01/2014

Una apuesta arriesgada con Neeson como nota eficaz y el guion como nota discordante

Limitar entornos a la imaginación siempre resulta arriesgado. El cine claustrofóbico que se empecina en recrear el arte del guion por encima de los artilugios efectistas visuales y sonoros, concluye en una apuesta azarosa al igual que minoritaria. Entre los ejemplos de cine recluido a hábitats delimitados, se encuentran varios ejemplos entre los que destaca, sin lugar a dudas, el de las vicisitudes que afectan a los pasajeros dentro un avión. El aire como testigo de innumerables historias. Jaume Collet-Serra, se traslada al interior de este armazón metálico para relatar una historia que, aunque bien construida, permanece cogida con pinzas durante la mayor parte del metraje, hasta aproximadamente la mitad, momento en que se desploma en picado sin equipo de frenos a mano. La eficacia descansa sobre los hombros de un Liam Neeson que se ha acostumbrado a hacer las veces de tipo duro y ha sacado el título en gestualidades de lo más desconcertantes y rocambolescas. Todo ayuda a creer un producto que no está a la altura de las expectativas. Nunca mejor dicho.