La delgada línea que rebasa lo
terrorífico y lo diferencia del horror en el ámbito del cine, ha sufrido varios
estragos en la última década. En los tiempos que corren, las grandes
productoras se rifan los productos de bajo coste que apelen a la condición humana,
dejando atrás la catalogación del cine de terror vislumbrado entre asesinos en
serie o sangre salpicando por todas partes, en lugar de la etiqueta de
“thriller psicológico”. Cintas de presupuesto minoritario, en algunas ocasiones
puntuales un reparto desconocido y una ambientación que lo posee absolutamente
todo. Resultado: taquilla de rodillas y alabanzas por una vuelta de tuerca al
género más clásico. “Insidious”, “Paranormal Activity”, “Sinister”, son sólo
unos pocos ejemplos de la tendencia que este tipo de cine empieza a implementar
en las salas. Ahora, “Oculus” es la última muestra de que con poco se puede
llegar a hacer mucho. A pesar de un entorno previsible y reiterado en su planteamiento
que recurre a “los viajes astrales” para narrar una dualidad temporal que puede
despistar al espectador, la trama acaba por comerse el argumento y hace
partícipe de la situación al objetivo de toda apelación en le filme. La propia
psicología humana.
