La cinematografía bélica ha
experimentado un tratamiento siempre desmedido. Desde productos realmente
apreciables con claros y evidentes guiños al escapismo más aventurero o
ilusorio, pasando por el terror y la hipérbole de la hecatombe, relato sin
herrumbres y recogiendo el testimonio de unos sucesos sombríos y
trascendentales, episodios de una historia que por masacrada, siempre ha
merecido un respeto. En lo desmedido, como en todo, también caben ejemplos que
se adaptan a la narrativa y se aceptan y otros, que partiendo de un suceso
real, se desmarcan y acaban ofreciendo un resultado decadente. “The Monuments
Men” es la humanización del siempre encumbrado George Clooney tras la cámara y
delante de ella. Consigue que con un elenco espléndido y fugaces interpretaciones
brillantes de actores con carrera a los que le sale la toma bien por defecto,
la película pase de ser un alegato en defensa por el arte en tiempo de guerra a
una amistosa película de colegueo que junta retales al más puro estilo
“Expendables”, pero en este caso con un ápice de seriedad. Aunque ni eso queda
claro.
